Tom Wolfe y el nuevo periodismo. Cultugrafía. Pensamiento crítico

El Nuevo Periodismo y la presunción de imparcialidad

Recorte de periódico. El nuevo periodismo de Tom Wolfe

La objetividad se coció desnuda en un tanque de verdad

Dudo que muchos a quienes se les pregunte sobre la necesidad de objetividad en la artesanía de la información periodística respondan con contundencia que no es necesaria, es más, que la contemplen como una vulgar comedia destinada a moldear las convicciones de una realidad asumida, pero materialmente falsa.

Para encontrar tamaños héroes del riesgo relativo, habremos de disolvernos en las interpretaciones narrativas de los años sesenta y darnos de bruces con lo que los norteamericanos, dignos hijos de Mamón y el culto al espectáculo emperifollado hasta el tuétano, llamaron Nuevo Periodismo. Tom Wolfe, Norman Mailer, Rex Reed, Barbara Goldsmith, Truman Capote, Hunter S Thompson… concibieron una formulación periodística que partía antes de la interpretación individual, siempre subjetiva y prendida desde las púbicas ideas personales de los periodistas, que de la perniciosa noción de una imparcialidad incondicional.

El espejismo de la realidad narrada

Cabría pensar que estos fabulosos herederos del valeroso espíritu del tío Sam hubiesen caído en la lectura del viejo Baudrillard, sobre todo en lo que respecta a su idea de la hiperrealidad; ese concepto según el cual la información es un signo, un reflejo edulcorado o amargo de la verdad, ante el que la sociedad civil se rinde,  como el malo de la película de vaqueros, pero sin la decente mala baba de atacar después por la espalda buscando su beneficio personal, que es lo propio de los personajes con un carisma más profundo que el de ser la imitación barata de un héroe de guerra japonés. Al pretenderse la información de los medios veraz, se construye una torre de marfil a la que la mierda, como diría Flaubert, aporrea sus puertas, pero de la que los habitantes del ático no alcanzan ni a degustar su olor. Un mundo alternativo que todos creen real.

Obra de no ficción. Operación Masacre de Rodolfo Walsh es un ejemplo de género de no ficción.
Rodolfo Walsh se adelantó nueve años con Operación Masacre (1957) al famoso A sangre fría (1966) de Truman Capote.

Entonces atraviesa el desolladero la idea que, mal que les joda a los principitos de las barras y estrellas, nace en las recias manos de Rodolfo Walsh, argentino macaneo que con su Operación Masacre (1957) abre la veda que décadas más tarde capitalizarán muchos, y muy diversos, Wolfes, Mailers y Capotes… Si no puedo alejarme de la interpretación, si no puedo ser más que el esclavo de los signos y la presunción de mis impulsos abstractos, ¿por qué no contar las cosas desde esa perspectiva? ¿Por qué no iba a ser más real algo que, a priori, todos pueden tomar por falso porque se reconoce determinantemente subjetivo? ¡Clin! Iluminación de bombilla, campana, o pellizco a copa de cristal, seamos subjetivos como forma de verdad. La hiperrealidad es entonces un submundo por el que decidir, motu propio, si bucear hasta ahogarse, teniendo siempre a mano la boquilla del flotador con el que emanar a la superficie, abandonando el denso, y déspota, chapapote de absolutos paridos desde los fastuosos óvulos del habeas corpus de la objetividad informativa.

Hay mentiras más ciertas que muchas verdades

Por eso diré que aquí ando, cavilando las presentes reflexiones en una puñetera biblioteca, a la que me he tenido que desplazar, tal que un estudiante pospuber  hormonado como una gallina transgénica, a causa de esa constante urbana a la que es imposible escapar si no vivimos en un confinamiento pandémico: las obras. El piso de arriba está siendo demolido, con contundentes y afinados mazazos titánicos, hasta el punto de que ni con tapones o cascos de productor musical alcanzo a desinhibirme para escribir esto.

Ilustración de Manel Fontdevila sobre periodismo independiente.
Ilustración de Manel Fontdevila. Twitter: @ManelFontdevila

En este instante, sueño con maquetaciones vitales como las de Rex Reed entrevistando a Ava Gadner, haciendo gala de una sutil primera persona, ante la que se rinde en escasas ocasiones, y transcribiendo, ni corto ni perezoso, que la buena de Ava, esa leona perfumada amamantada en odio por el puntiagudo útero de la fama, le obliga a partir en cachitos sus notas, a no llevar grabadora y a currarse el algodón como los negro de La cabaña del tío Tom (1852), ejercitando el músculo y dándole un toque a ese esquivo amigo del siglo XXI (entonces todavía más apreciado) que es la memoria.

Y es que echarle una ojeada de tanto en tanto al Sr. Peligro es una fabulosa forma de deslizarse por la verdad, o al menos aquella verdad alumbrada desde los vientres de la tensión, la vivencia, conjuradores ambos de la adrenalina atávica del instinto por el que la culebra de la creación se desliza hambrienta de originalidad. ¡Son buenas gentes, estos nuevos periodistas!

¿Dónde se ha escondido la realidad?

David Foster, autor de La broma infinita (1966). Pensamiento Crítico Cultugrafía, revista de difusión y crítica cultural.
David Foster Wallace, el escritor posmoderno autor de La broma infinita (1996).

Me viene a la mente, más ahora que un niñato capullo se ha puesto a mi vera descargando con unos auriculares inalámbricos los últimos hits de reggaetón, encima a un volumen que ensordecería a un habitual de Masía, una entrañable historia que contaba David Foster Wallace; un coco, ¿qué duda cabe? Que hasta tenía que ponerse una bandana de Ángel del Infierno Prospect Pringado para evitar el estallido de la madriguera de sus ideas, reproducidas sin conocimiento como una cuadrilla de conejos lisérgicos. El cuento en cuestión, presenta dos pececillos jovencitos, de bigotillos púbicos, como el del tonto de mi izquierda, que vienen a encontrarse con un pez entrado en escamas, de barba tenedor francés. El pureta, educado y de la oldschool, al pasar a su lado les pregunta: «¿Cómo estamos chavales? ¿Está buena el agua?», los nenes, acojonados, habiendo percibido en su sistema nervioso un rayo catódico desconocido, determinado a percutir en la retina de los zagales el reflejo de una verdad incómoda, huyen. A los metros, y suspirando ambos descojonciados, pues a pesar de su juventud se ponen demasiado rufos a gambitas y plancton Fish King, se miran el uno al otro más tranquilos y preguntan: «¿Oye, qué es el agua?». No sé muy bien a santo de qué me invade el pensamiento esta anécdota literaria, pero presiento que tiene algo que ver con dar por sentadas las cosas. Como cuando Ortega y Gasset, haciendo gala de conjeturar con una casi ínfima entropía física, aseguraba dar por sentado que la calle iba a estar ahí cada vez que saliese de casa, pero que, tal vez, ¿quién sabe? Dios y Lucifer mediante, a lo mejor se esfumaba un día.

La imposibilidad de la objetividad es ese agua, esa calle que desaparece, frente a la que un día nos damos de bruces tergiversando la débil construcción que hemos cimentado de cuanto nos rodea.

Reflejo en bola de cristal. El nuevo periodismo, la subjetividad y la hiperrealidad.

Sino vayan a ver la estrategia de tipos como Roger Ailes o Rupert Murdoch, bastardos del sensacionalismo partidista ataviados por una mágica armadura de rigor periodístico, más tarde desmontada como el disfraz de cartón de una representación escolar de la que se entera el progenitor horas antes. Una objetividad cutre, pero vendida real, como el agua, ya que en la dictadura de la opinión, la hiperrealidad queda cercada, no tanto al totalitarismo de la picadora mediática, sino a la voluntad de encontrar quien nos dé siempre la razón aunque aseguremos que mañana no tendremos calle bajo nuestros pies.

Ni la objetividad es honesta, ni la subjetividad un truco

Será por todo eso que los nuevos periodistas, de los que no faltan ejemplos en el cosmos hispanohablante, como Rosa Montero, Martín Caparrós o Robert Juan-Cantavella, e incluso algunos hitos de la profesión tal que García Márquez o Kapuściński (de éste se ha descubierto que edulcoraba sus reportajes más que Willy Wonka sus caramelos), se alejan de la impersonalidad como infalibilidad y serpentean, en ocasiones dubitativos y en otras con decisión, hacia esa famosa cita de William Faulkner:

«La mejor ficción es mucho más cierta que el mejor periodismo».

Haciendo del reportaje una poderosa ramificación de emociones y observaciones tácitas sostenidas en el absurdo de la condición humana, y lejos de esa precaria idea de equiparar objetividad con honestidad y subjetividad con artificio. Porque el conjunto de cromosomas rotos y neuronas enfermas instalados en la mente del consumidor occidental de noticias, ha degradado al rango de soldado raso la capacidad de discernir y buscar algo que no sea alimentar el ego con sobrepeso de sus ambiciones personales.

Hunter S. Thompson. Padre del periodismo Gonzo. Fotografía de Lynn Goldsmith.
Hunter S. Thompson, padre del periodismo Gonzo. Fotografía de Lynn Goldsmith.

Huelga decir, faltaría más, que este alegato por alimentar los cocodrilos del sentimiento personal no busca acabar con una información en tercera persona, parca, anodina y destinada a la presunción de inocencia del periodista en cuanto a la influencia, pero sí aspira, con humilde determinación, a reclamar una coexistencia pacífica de ambas en pro de una mejor información, de un conocimiento más profundo y flexible de los acontecimientos que planean alrededor de la noticia.

Y, en un alarde de lo que estos futuros locos años veinte pospandémicos nos aguardan, en los que se avecina una vorágine de obscenidad y encantadora concupiscencia, diré que el tonto de mi izquierda se ha largado, principalmente porque jamás estuvo allí, ya que esto se ha redactado en su totalidad desde la expectación que los mosquitos del verano despiertan en mí orbitando alocadamente como meteoritos al otro lado de la ventana de mi escritorio, y no en la biblioteca. El resto es pura verdad, o al menos a la que yo tengo acceso. ¿Alguien duda de mi objetividad?

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