Llega la resaca, pero una buena, una resaca musical, de esas que te deja con abstinencia y necesidad de más de esa mierda que te ha entrado por oídos y ojos. Y es que tras asistir a todos los conciertos del III Festival AtalaJazz Mágico la desazón era de esperar. El Club Atalaya Ateneo de la Villa de Cieza nos provee un evento que a los de por aquí nos viene a pedir de boca y que nos revela artistas que de otra manera no podríamos paladear, y por muy poca pasta he de decir (30 pavetes el abono) para tres noches de conciertos internacionales y de primera línea: Birdman Trío, Dorrey Lyles & Marcos Coll Band y Al dual; una auténtica pasada.

Tremendo esfuerzo para el Club Atalaya, una de las asociaciones más veteranas y activas de la localidad, que fomenta la CULTURA en una época de vacaciones, campos y playas, donde la oferta local es prácticamente nula para quien permanece en casa, y que a lo largo de los años ha creado su propio ecosistema, apostando por actividades que se despegan del entretenimiento de masas y que además de música, incluyen cine, teatro, literatura, exposiciones o memoria histórica, entre otras; convirtiendo sus instalaciones (museo del esparto incluido), en uno de los principales espacios de la cultura alternativa más importantes de la Región de Murcia.
- BirdMAN Trio, puro jazz para arrancar el festival.
- Dorrey Lyles & Marcos Coll Band: el eclipse que muchos se perdieron.
- Al Dual, la banda sonora de una América imaginada.
- Repensar el ocio: cuando la cultura no es mero entretenimiento.
Birdman trío, puro jazz para arrancar el festival
BirdMAN trío abría el III Festival Atalajazz el 5 de agosto, un miércoles cualquiera de verano en Cieza. No los conocía, así que antes de escucharlos en directo procuré bichear un poco en la red, y la verdad es que no encontré mucho: nada por iVoox o Spotify y la serie de animación de finales de los sesenta producida por Hanna-Barbera que aparecía en todas las búsquedas y que me hizo pensar que podría haber inspirado a nuestro grupo en algo. Pero sí que di con su canal de Youtube, que me permitió hacerme una primera impresión.
BirdMAN Trío, con una de las formaciones más canónicas del jazz, el piano trío, donde dialogan el piano de Marcos Ávila, el contrabajo y bajo eléctrico de Miguel Ángel Torres y la batería de Andrés García, me evocaron inevitablemente a otras formaciones similares. Pensé en la raíz latina de Michel Camilo junto a Anthony Jackson y Horacio (El Negro) Hernández; o en el piano trío de Hiromi, que tuve la ocasión de ver hace años en el Festival Internacional de Jazz de San Javier, también con Anthony Jackson al bajo eléctrico de seis cuerdas. Y cómo no, me evocó a los pioneros y referente de tantos, a Chick Corea Akoustic Band. BirdMAN Trío emitía en su directo destellos de esos universos: en ocasiones el latin de Camilo, la progresión y energía de Hiromi o la sofisticación armónica y fusión de Corea. Además, también apuesta por el jazz más puro con arreglos súper currados y originales y una voluntad de cercanía con el público que terminó siendo una de las claves de la noche.

El concierto de BirdMAN trío resultó muy didáctico, a la vez de entretenido y afín a todos, pues iba lleno de nostalgia musical. Sus componentes no se limitaron a tocar estándares o temas propios de jazz uno detrás de otro para músicos o melómanos como suele ser habitual en estos casos, sino que atendieron a esos cabos sueltos que no están muy puestos en el género: a posibles consumidores de jazz en potencia que todavía no saben que lo son. Tendieron ese cebo alternando los temas clásicos con adaptaciones propias de la cultura popular de los noventa y dos mil. Mientras tocaban el Mambo influenciado de Chucho, 500 miles high de Corea o Yatra-Tá de Tania María, combinaban con versiones de artistas de la cultura de masas: Massive Attack, Britney Spears, System of a Down o Backstreet Boys. Todo mientras Andrés García hacía de portavoz con algún chascarrillo que otro.
Fuera latin, fusión, bossa o versión mainstream, eran BirdMAN Trío, y todo sonaba a BirdMan Trío. Con especial mención de esas versiones mainstream, ya que se pudo percibir el trabajazo que hay detrás y la comedura de coco que debieron de tener para darles la vuelta a esos temas y convertirlos en creaciones completamente diferentes, originales y manteniendo su esencia. Puro jazz amigos y amigas. Buen trabajo acercando el género así al público no habitual, muchos os recordarán al día siguiente por esas versiones de «canciones famosas». No creo que como músicos y compositores profesionales eso os suponga vuestro cénit, pero por algo habrá que empezar. Ando con muchas ganas de escuchar vuestro primer disco.
Dorrey Lyles & Marcos Coll Band: el eclipse que muchos se perdieron
Llegamos a la actuación internacional y más multitudinaria de todo el festival. La voz sobrenatural de Dorrey Lyles se encontraba con la armónica magistral del nómada Marcos Coll para demostrar a todos que el góspel, el soul, el blues e incluso el jazz moderno pueden conversar y empastar a la perfección. El escenario sostuvo el encuentro de dos trayectorias consolidadas y venidas de universos distintos pero más que compatibles, unidas en el patio del Atalajazz para dejar a todos boquiabiertos con un combo único. Dorrey, con la tradición y fuerza espiritual de la música afroamericana; y Coll, uno de los armonicistas más consagrados del blues internacional reivindicaba las raíces de una música que lleva décadas viajando de ida y vuelta entre América y Europa. Junto a estos mastodontes, Emiliano Juárez a la guitarra, Javier Vacas al bajo y Nico Rodríguez a la batería completaban la banda, capaces de moverse sin pestañear entre todas esas materias sin perder en ningún momento su identidad.

Los dos primeros temas fueron descargas sólidas del blues, todavía sin Lyles, y del rollazo y virtuosismo de lo que pudimos observar durante toda la noche de estos hermanos musicales: Marcos Coll y Emiliano Juárez en un toma y daca de solos de armónica y guitarra, conversando de manera orgánica y haciendo parecer fácil una exhibición de alto nivel que fluía con la experiencia de músicos que han compartido incontables bolos. Pero entonces llegó ella, completando una ecuación que parecía imposible de mejorar. Su voz añadió una nueva dimensión a todo lo anterior. Lyles recordaba a Aretha Franklin, y entre los asistentes escuché el nombre de Mavis Staples; no soy ningún erudito en el estilo, pero seguramente fuese por esa voz desgarradora y ese alma, capaz de convertir el ambiente en algo emocional. Lyles, cálida, desgarradora y heredera legítima de las grandes voces del góspel y soul afroamericano, no tardó en invitar a bailar a los fieles; y el patio del Club Atalaya terminó convertido en una pequeña iglesia, de esas que tanto hemos visto en las pelis, con la congregación entera entregada, bailando y dando palmas.

Vecinos de la localidad, no sé qué hacíais la noche del jueves 6 de agosto para faltar a la cita con Dorrey Lyles & Marcos Coll Band en el Club Atalaya. Hace apenas unos días toda España levantaba la vista al cielo para contemplar el eclipse; y lo de este concierto fue lo mismo; ocurre una vez en la vida. Hubo quien hizo cientos de kilómetros para verlos, y a la vez quien lo tenía prácticamente debajo del balcón y lo dejó pasar. También conviene informar de que posiblemente estuviéramos ante la producción más costosa del festival: vuelos internacionales, alojamientos, dietas, alquiler y sonorización de quipos, coordinación técnica y logística, contratación de artistas mundialmente reconocidos… Que una asociación como el Club Atalaya consiga acercar una producción de tal calibre es algo de alabar, sin grandes presupuestos, la pequeña ayuda del ICA y exprimiendo hasta el último céntimo. Sin mucho más que añadir, si no pudisteis asistir y os han dado ganas de oír este milagro musical poneos el Shade of blues de Dorrey Lyles & Marcos Coll Band.
Al Dual, la banda sonora de una América imaginada
Llegaba el final del festival con otro de los conciertos más esperados. El murciano Al Dual, Alfonso José Martínez Martínez, clausuraba el III AtalaJazz Mágiko rodeado de músicos precisos e incendiarios: Mila Rodríguez a la guitarra rítmica y coros, Leo Vacas al bajo, Mario Pérez alternando saxo barítono, tenor y teclados, y Guille Sánchez a la batería. Una banda al servicio de un viaje musical por la América de los años cincuenta y sesenta.

Al Dual es una rara avis dentro del panorama nacional. Mientras la industria musical normaliza un «avance» hacia el consumismo, la exposición y el capitalismo más voraz, el guitarrista murciano lleva años excavando hacia atrás; investigando sobre técnicas y estéticas, rescatando sonidos e incluso formas de entender la música que pueden caer en el olvido. Lo mejor de todo es que Dual no es para nada un imitador; su directo va cargado de nostalgia que nos puede trasladar a un directo de Elvis Presley o de Carl Perkins. Reconstruye en primer plano el lenguaje del rock and roll y el rockabilly, pero detrás hay mucho más, un restaurador que recupera todos esos lenguajes para arrojarlos al presente a su manera.
Especial mención para Mario Pérez, el tipo es un auténtico figura, sea saxo barítono o tenor, tenía ese timbre, esa mezcla de fuerza, elegancia y suciedad del rhythm & blues clásico; menudo sonido, fue una delicia escucharlo en directo. También al teclado, revivía esa tradición más salvaje del rock and roll, con esas notas repetidas y martilleadas propias del boogie-woogie que hicieron de Jerry Lee Lewis una leyenda. Todo aquello no surgía de la nada. La formación de Dual carga con una larga historia musical, evocando por momentos incluso a las big bands de los años 30 y 40 de Benny Goodman o Glenn Miller, con esas secciones rítmicas y bailongas donde los vientos tiran del carro, no tenéis más que escuchar Early Blues.

El concierto avanzaba y prometía más de lo que ya daba. Mila Rodríguez anunciaba que no era una noche cualquiera para Alfonso, que jugaba prácticamente en casa. Amigos y familiares pudieron acompañarle en una actuación especial. Entre ellos se encontraba su propia madre, a quien dedicó con cariño el tema Girl, y aprovechó también para convertir el escenario en un punto de encuentro con parte de su pasado. Primero invitó a Paco Bosch, viejo compañero de aventuras con quien compartió formación en Mala Hierva, para interpretar juntos Just Rockin’ & Rollin’ de Ronnie Dawson. Y el cierre corrió a cargo de una de las personalidades del blues y rock murciano, Emilio Chicheri, cantando Loco por ti, tema propio que interpretaba en su época de los Bluesfalos. Juntos, terminaron de perfilar una fiesta cargada de simbolismo. El concierto fue una celebración compartida entre músicos, amigos y familia.

Como ya he dicho, Al Dual es muchas cosas, es música, estética y también nostalgia. Mientras escuchaba y observaba, sentía. Sentía que estaba dentro de un metraje americano que tanto cine, música, literatura o fotografía han construido durante décadas en nuestro imaginario. Una América de carreteras secundarias, coches clásicos, tatuajes, clubs y rock and roll. Sea de lo biográfico a lo onírico, de cintas como Walk the Line a Corazón salvaje, Dual tenía el poder de sumergirte en experiencias que jamás esperarías. No es casualidad que nuestro murciano sea embajador oficial de Gretsch Guitars, una de las marcas históricas del rockabilly y del rock and roll clásico.
Repensar el ocio: cuando la cultura no es mero entretenimiento
Lo mejor del III AtalaJazz Mágiko no fue únicamente el cartel ni la calidad indiscutible de sus músicos. Fue comprobar que todavía existen espacios donde la cultura puede asumir riesgos, acercando géneros como el jazz a públicos que quizá nunca se hubieran acercado por iniciativa propia; demostrando que existe vida más allá de los éxitos FM o de las recomendaciones que los algoritmos nos meten en vena. Durante tres noches, góspel, soul, blues, rockabilly y jazz convivieron con total naturalidad, sin que nada pareciera fuera de lugar.
El Club Atalaya lleva décadas empeñado en sacarnos de nuestros compartimentos estancos, físicos y mentales, educándonos en todo aquello que ni siquiera sabíamos que existía. Lo hace con el AtalaJazz Mágiko, lo hace con el Festival Teatro Patio y también con la histórica Semana de Cine Mágiko. En tiempos en los que cada vez consumimos fórmulas más básicas, puede que la clave siga estando en colectivos como ellos, que ofrecen CULTURA y no simple entretenimiento; capaces de descubrirnos aquello que todavía no sabíamos que necesitábamos.

Por todo eso, desde Cultugrafía resulta tan fácil sentirse identificado por un proyecto como el del Club Atalaya. Frente a la sociedad del espectáculo de Guy Debord, donde la experiencia acaba sustituida por su representación; frente a la lógica consumista descrita por Baudrillard, donde terminamos consumiendo símbolos antes que realidades; y frente a una industria cultural que la Escuela de Fráncfort ya señaló hace décadas por su capacidad para homogeneizar el pensamiento, el Club Atalaya insiste en reivindicar el arte como herramienta de encuentro, pensamiento crítico y transformación. Y poco más puedo añadir; terminar, como es de justicia y como creo que a ellos les gustaría, copiando literalmente el manifiesto que sus miembros leían antes de cada concierto:
No hay macrofestival ético, del mismo modo que no hay banco que piense en las personas. La forma de construir relaciones sociales, así como el lugar desde donde estas se producen son importantes. Si queremos cambiar los pilares de este mundo no podemos permitirnos seguir pensando el ocio como un territorio ajeno a la responsabilidad política. El ocio que consumimos es político y no hay mayor ejemplo de ello que los macrofestivales o festivales con ínfulas de convertirse en macro, estadio al que aspira cualquier proyecto neoliberal. Desde la autocrítica, hacemos crítica estructural de un modelo insostenible, precario, hiperconsumista y homogeneizador de la cultura, que ha convertido los festivales en el mayor ejemplo del turbocapitalismo. Así es la industria del entretenimiento.
El Festival AtalaJazz Mágiko es un evento sociocultural autootganizado, autogestionado y prácticamente autofinanciado. Un festival para los vecinos y vecinas de Cieza y alrededores, en un espacio pequeño, pero con conciencia, el Club Atalaya. Detrás de este festival no hay fondos buitres de inversión, ni criptomonedas o tokens (pulseras recargables generadoras de ansiedad, urgencia y decisiones impulsivas), ni fuegos artificiales, ni explotación laboral, tampoco empresas de seguridad y menos todavía aquellas cuyos miembros han estado integrados en Desokupa – grupo parapolicial fascista-.
Lo que hay detrás, es el esfuerzo colectivo de una expedición subversiva con ganas y comprometida que habita y aporta en Cieza. Defendemos un formato de festival de música en el que se prioriza el bienestar de los asistentes, el impacto sociocultural sostenido en el tiempo, el arraigo y la calidad del sonido frente a la estrategia de pantallas gigantes que refuerzan lo visual distrayendo al asistente del desastre sonoro. No hay arraigo posible cuando el modelo consiste en aterrizar, expoliar, facturar y largarse. o sea, rentabilizar. En cambio aquí, estamos siempre “en el alambre”, porque rechazamos la cultura sin cultura, que no es más que mercancía invadida por la industria y el consumismo, alejada de su función secular que es la de explicar y entender el mundo



