Desde la mezquita más antigua de Alemania hasta la célebre Teufelsberg, un paseo por Wilmersdorf, uno de los barrios que mejor condensan la historia, la arquitectura y las contradicciones de Berlín
En el centro más tradicional de Berlín se encuentra una mezquita cuya cúpula fue inspirada por la de la Alhambra y cuya fachada es una recreación del palacio Taj Mahal en la India. Partimos de una entrevista en exclusiva para Cultugrafía con su actual imán, Amir Aziz, para adentrarnos en la historia agitada de un barrio fundamental del oeste berlinés: Wilmersdorf.

El templo da buena fe de que Wilmersdorf sigue siendo trascendente para la historia y arquitectura berlinesa. Pero hay sin duda otros indicadores: desde varias paradas de metro hasta Teufelsberg, la conocida como Montaña del Diablo; todo suma para aseverar la relevancia del barrio.
- Amir Aziz y un islam liberal en Berlín.
- De la «Linie 1» a la «Linie 3».
- El palimpsesto de la Fehrbelliner Platz.
- La montaña del diablo: 115 metros de altura para los escombros.
- Wilmersdorf, un barrio escrito sobre sí mismo.
Amir Aziz y un islam liberal en Berlín
La mezquita de Wilmersdorf, nombre del tradicional barrio del oeste berlinés donde está localizada, es la más antigua de Alemania puesto que su dilatada historia supera un siglo. En 1924 fue inaugurada y desde entonces sus dos minaretes de 34 metros de altura se erigen como referencia en el barrio. Se trata de un pequeño templo con delicados colores pastel en su interior. Y su concepción se remonta a un movimiento musulmán, el Lahore Ahmadiyya, oriundo de la entonces India británica, que se basa en las ideas de un reformador del islam Mirza Ghulam Ahmad (1835-1908) (para los musulmanes, el siglo XIV).

Amir Aziz es desde 2016 imán de esta mezquita. Para él, los islamistas son musulmanes que han malentendido el islam, sobre todo su concepto de la “yihad” o guerra santa, según confesión propia a Cultugrafía. En otra entrevista a Vice, aseveró incluso que el velo no lo contempla como regla religiosa: ni su mujer ni su hija lo llevan. Además, aquí se da la bienvenida a todos, tanto sunitas como chiitas, refugiados, mujeres, judíos… Islamistas o extremistas religiosos tienen en cambio la entrada prohibida. A saber, las creencias de musulmanes como Amir Aziz son claramente liberales en el contexto del islam: “Lo principal es que, a menos que se vulneren tus derechos fundamentales —tengo derecho a rezar, tengo derecho a vivir mi vida cotidiana según mi religión—, no hay problema. (…) Por lo tanto, siempre digo que no tiene nada de antiislámico. (…) Todo lo que dice el islam está recogido en la misma ley: no se puede robar, no se puede matar, no se puede atentar contra la vida privada de los demás. Así es la ley islámica. Solo hay algunas diferencias: no se permite comer cerdo, no se permite beber vino. Pero nadie te obliga”, hace saber a Cultugrafía.
Una agitada historia durante el nacionalsocialismo
Desde el principio esta mezquita fue concebida como un centro interreligioso. De hecho, los viernes es usual que haya más visitantes no musulmanes que seguidores de la fe islámica: grupos de niños, de estudiantes, de pensionistas, de la academia de policía…Visitantes notables han sido Albert Einstein, Martin Buber, Martin Niemöller, Thomas Mann, o Hermann Hesse.
En los años 30 la mezquita fue instrumentalizada por los nacionalsocialistas y en 1941 en aras de dar la bienvenida como invitado de honor de las SS al antisemita Gran Mufti de Jerusalén, Amin al-Huseini. Poco después, los minaretes fueron utilizados al final de la segunda guerra mundial para posiciones de ametralladoras, por lo que fueron duramente dañados. La cúpula recibió también un impacto de artillería tremendo por lo que la mezquita tuvo que ser restaurada después del conflicto a través de donaciones. Muchas mujeres se deshicieron de sus joyas para reconstruir el templo, algo que ya había pasado hacía un siglo para edificarlo. Fuente.
De la «Linie 1» a la «Linie 3»
El musical Linie 1 (Línea 1 de metro) hizo célebre el término de “las viudas de Wilmersdorf”. En realidad simbolizan el marcado carácter acomodado del barrio: una clase social políticamente conservadora y entrada en años. Vivirían solas y con buenos fondos, en edificios de apartamentos antiguos con muebles de época y les gustaría comprar en los grandes centros comerciales KaDeWe o en Kurfürstendamm. Y es que salvo contadas excepciones, Wilmersdorf es una zona residencial de alto nivel y bien cuidada. Un barrio lleno de teatros, galerías y cabarets, tiendas delicatessen…de gran solera burguesa y acomodada. Y con tres guarderías bilingües en alemán y español, por cierto.

Artistas como la actriz Marlene Dietrich, el escritor Heinrich Mann, Arnold Zweig, Vladimir Nabokov, Anna Seghers o el pintor George Grosz vivieron y dejaron su impronta aquí. Especialmente el distrito de Schmargendorf tenía una atracción especial para los artistas. Quizás porque su ayuntamiento, de estilo neogótico, cerca de la parada de metro Podbielskiallee (línea U3) bien pareciera una inmensa casa de chocolate.

Curiosamente, en 1933 Wilmersdorf tenía la más elevada población judía de todos los distritos berlineses (13.54%) debido a la afluencia en este barrio de determinadas profesiones (comercio y profesiones libres sobre todo). No es extraño entonces que los líderes revolucionarios de 1919 Liebknecht y Luxemburg se escondieran en Wilmersdorf hasta ser capturados: pensaron que nadie sospecharía hallarlos aquí. Fuente.
El palimpsesto de la Fehrbelliner Platz
Hablando de paradas de metro, muy cerca de la mezquita, se encuentra la estación de metro “Fehrbelliner Platz”, que tiene una marcada presencia arquitectónica. Por un lado, se trata de una parada de varias de la línea U3 que refleja en su planta más baja haber sido construida en el época imperial, la del Kaiserreich. Data en concreto de 1913, de cuando Wilmersdorf todavía era una ciudad autónoma llena de esplendor que deseaba enseñar su poder económico a través de estaciones de metro llenas de ostentación. Esto contrasta vivamente con la parada intermedia, una planta superior, que adopta colores de diseño propios de los sesenta/setenta del pasado siglo.

Por otro lado, en la superficie, los edificios adyacentes reflejan con su aspecto amenazante haber sido construidos en la época nacionalsocialista para tareas de administración. Se trata de obras colosales. Aquí uno se puede hacer a la idea de cómo hubiera sido Germania, la por Hitler soñada capital del mundo. Una mole de hormigón tremebunda.
La Montaña del Diablo: 115 metros de altura para los escombros
Y lo curioso es que la alucinada Germania tiene otro rastro indeleble en Wilmersdorf. Donde iba a tener lugar su fastuosa entrada -la proyectada facultad de ingeniería militar en el bosque de Grunewald, una superficie verde que cubre casi la mitad del barrio- solo quedaron apenas ruinas puesto que la construcción se detuvo en 1940 a causa de la confrontación bélica. Es decir, la misma guerra había evitado desarrollar una facultad dedicada a la guerra.
Pues bien, la estructura del edificio no se completó tras ella, sino que fue demolida entre 1951 y 1953 y cubierta con aproximadamente 26 millones de metros cúbicos de escombros, creando lo que hoy se conoce como Teufelsberg (Montaña del Diablo). Es decir, los restos del deseado portal de bienvenida a Germania que según Hitler (en la colocación del primer ladrillo del proyecto en 1937) iba a “cambiar profundamente el carácter de Berlín”, yacen ocultos bajo esta montaña de escombros. Fuente.
De hecho, con sus 115 metros de altura no solo se trata del segundo sitio más alto de Berlín, sino de la montaña de escombros más grande del planeta. Y es que durante más de 20 años cientos de camiones venían a la Montaña del Diablo para descargar los cascotes de la guerra. Y para que el enorme resultado no resbalara se utilizó una gran cantidad de arena procedente de las obras del metro en el oeste de la ciudad. Y todo ello después se arboló desde 1952 con unas 180.000 plantas para que luciera bonito y fuera lugar de asueto de los berlineses y turistas. Incluso llegaron los viñedos y su fruto como vino se llegó a llamar en sintonía con el nombre del monte “Wilmersdorfer Teufelströpfchen” (la gotita del diablo de Wilmersdorf).

Y la historia no acaba aquí: al ser tan alto el nuevo monte y tener buenas vistas hacia el Este comunista, el Teufelsberg fue utilizado hasta 1992 como plataforma de espionaje, puesto de vigilancia y escucha aérea. Desde una elevada distancia se podían apreciar las instalaciones como si fueran unos cuatro enormes hongos blancos en la cumbre. Allá trabajaban más de mil soldados en turnos las 24 horas para captar toda señal en unos 250 kilómetros dentro del bloque del Este. Ahora yace ya abandonado. O mejor dicho: reutilizado como lugar de eventos varios, guías turísticas y local para una gran “street art gallery” llena de graffitis y otro tipo de pinturas.
Wilmersdorf, un barrio escrito sobre sí mismo
En gran parte, Wilmersdorf sigue siendo un barrio apacible, un lugar idílico dentro de la gran ciudad. Pero es mucho más. Sobre todo llama la atención su relevancia histórica y arquitectónica. Desde las palabras del imán de la mezquita más antigua de Alemania hasta la “Montaña del Diablo”, hemos disfrutado de su evolución a través de los últimos siglos. Sirva el palimpsesto (según la RAE, “un manuscrito antiguo que conserva huellas de una escritura anterior borrada artificialmente”) de la estación de Fehberlliner Platz como buen ejemplo. De lo que es, fue y podría haber sido la historia alemana; todo unido por un paseo curioso y atento por las calles de Wilmersdorf.

Otros artículos de tu interés:
- Johann Ludwig Tieck, el rey de los locos | Don Quijote en Alemania.
- ¿Cerdo hahal? La alimentación islámica en la Europa contemporánea.
- Lingüística: una ciencia con demasiados adjetivos.
- Caracterizando la novela negra: desde sus orígenes hasta el S. XXI.

Periodista freelance. También trabaja en el Kulturforum de Berlín.


