Imagen de portada del libro Gordo de Feria, de Esther García Llovet. Son bizcochos panteras rosa, y una metáfora de las pastillas
Portada Gordo de Feria de Ester García Llovet.

Gordo de feria, de Esther García Llovet

Retrato pop

Es un retrato, Gordo de feria. Un retrato pop. Castor, el susodicho gordo creado por Esther García Llovet, no es caracterizado por su psicología, ni siquiera especialmente por sus actos, sino por aquello que consume, por las referencias a Rick y Morty, a Louie C.K., a los ritroviles, a El resplandor. Y también por una actitud muy bien codificada: Castor es un cínico de mierda.

Portada novela Gordo de Feria de la autora Esther García Llovet
Portada libro Gordo de Feria de Esther García Llovet.

El tal Castor es cómico profesional. Un cómico gordo y con barba que aunque no se dan datos parece practicar algo parecido al poshumor; qué pocos datos concretos y documentables hay en las novelas que molan demasiado. Uno se imagina a Castor parecido a Ignatius Farray pero, al contrario que el Ignatius de El fin de la comedia, Castor no vive en Lavapies y no es un hípster. Castor es el antihispter. El outsider de los hípsters, que pasea por Azca, que vive en Martínez Campos y que se aburre. Se aburre muchísimo, se aburre constantemente, incluso en las fiestas. Es un cínico. Un gordo asocial, apolítico y deprimido que está agobiado por la fama, por la absurda suma de dinero que ganó en la lotería, los fans que le acosan y el empresarial norte de Madrid.

Salir del lugar común de lo que asociaríamos con su personaje, con un cómico y un hípster, podría parecer una buena idea. Pero no. Es una vuelta a aquel género tan desagradable del retrato de los yuppies podridos de dinero y nihilismo de los años 80 y 90. A los retratos de Bret Easton Ellis (American Psycho) o, más todavía, el de Martin Amis en Dinero, donde debemos sentir empatía hacia un personaje infame porque, oye, su vida está vacía y no tiene otra cosa que dinero y cosas en que gastarlo y nada que hacer. ¡El verdadero drama de nuestro tiempo!, ¿no?

Puede que este sea el gran problema de esta última novela de Esther García Llovet, que no sólo es que el arquetipo en que se basa Gordo de feria esté gastado, es que además esa actitud de “me la suda el mundo” resulta anacrónica y de mal gusto con todo lo que ha llovido. Para ser una escritora tan moderna y tan tan en el Madrid de hoy, García Llovet parece no haberse dado cuenta de nada.

Porque si le quitas a Gordo de feria el retrato que le da el título, ¿qué queda? Pues queda poca cosa, aunque refrescante como una Fanta en el mes de agosto: la trama peliculera con un enredo de dobles. Castor descubre milagrosamente que tiene un doble, alguien que es todo lo contrario a él, un manso, y decide contratarlo, casi casi secuestrarle, para que le sustituya en las fiestas a las que él está cansado de ir. Porque se aburre. Porque Castor es así. Y no descubrirá la felicidad hasta muy al final, cuando lo abandone todo y se vaya enamoradísimo a trabajar en cruceros con otro personaje igual de desagradable que él. Todo muy los 90.

Esta trama está muy bien, y todo muy entretenido. Con sus sicarias chinas, el desbordante ingenio de su autora, su imaginación tan cinematográfica y una magnífica galería de retratos secundarios. La trama es eso, una forma de hilar retratos de ingeniosos arquetipos, muy muy vistosos.

Esther García Llovet

Autorretrato de Esther García Llovet.
Esther García Llovet. Autorretrato. Imagen extraída de Anagrama.

Si algo es García Llovet por encima de todo es ingeniosísima, como la mejor redactora de Jot Down, y muy visual. Ella estudió cine, quiere hacer cine, dice que sus anteriores novelas eran guiones fallidos que rehízo para la literatura, y tiene un magnífico uso de la narración en presente. Sus oraciones son cortas, con subordinadas e incisos que le dan color. Como un guion conductista que se abre a la imaginación cinematográfica. Uno casi “ve” la novela: con su découpage, sus contraplanos y sus guiños a las películas populares favoritas. Y esos incisos de color y esas subordinadas visuales están llenas de observaciones felices: cómo imaginar mejor a un gordo de feria que comiendo “panteras rosas”; no bollos, panteras rosas. Pues eso. Es el estilo perfecto para introducir el humor en la novela, y un fatalismo de revista de variedades. Después de narrar la acción de un personaje (un camarero) que se aparta a leer el WhatsApp, va la subordinada: “, un WhatsApp que nadie contestará”. Es gracioso, le da un tono, pero eso…

La cosa al principio engancha, no os creáis. Las aventuras de Castor, que de pronto es perseguido por una china psicópata sin saber por qué, cuando él sólo quiere quedarse en su casa con cuatro televisores encendidos y con su doble yendo a fiestas y rodajes en su lugar, se leen como quien come pipas. Y se disfrutan. Pero que nadie espere conocer nada de la escena de la comedia madrileña, nada de los imperios empresariales que construyen en España con capital chino, ni en realidad nada de nada. Lo que está garantizado es ese “efecto cool”. Con todo, Gordo de feria es tan disfrutable como Sin noticias de Gurb y como el policiaco cómico de Eduardo Mendoza. Sólo que García Llovet no es Mendoza.

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