Zapata Olivella, Burgos Cantor y Espinosa. Ensayo de Luis Fernando López Noriega, Instituto Caro y Cuervo, 2025. Por: Vincenzo Paglione
El volumen Disputar el canon de la novela colombiana: cuerpo, memoria y territorio en Zapata Olivella, Burgos Cantor y Espinosa, publicado en 2025 por el Instituto Caro y Cuervo, constituye una contribución fundamental a los estudios literarios colombianos. Su autor, Luis Fernando López Noriega, profesor asociado de la Universidad de Córdoba y especialista en literatura del Caribe colombiano, propone una relectura crítica de la narrativa regional que se aparta de los cánones establecidos por el llamado «boom latinoamericano» y, particularmente, por la figura hegemónica de Gabriel García Márquez.

La obra se estructura en tres capítulos principales más una introducción teórica y unas reflexiones finales. El corpus analizado comprende cinco novelas: Chambacú, corral de negros (1979) y Chango, el gran putas (1983) de Manuel Zapata Olivella; La ceiba de la memoria (2007) de Roberto Burgos Cantor; y Los cortejos del diablo (1970) y La tejedora de coronas (1982) de German Espinosa. A través de estas obras, López Noriega construye lo que denomina una «tradición de resistencia» frente al canon literario imperante. El primer capítulo establece el estado del campo literario del Caribe colombiano después de la modernidad. López Noriega analiza la posición central ocupada por García Márquez, quien acaparó el monopolio de la definición del escritor y ostentó el poder de determinar quienes entran al juego de la escritura. Frente a esta hegemonía, el autor examina las posiciones alternativas de Héctor Rojas Herazo y Álvaro Cepeda Samudio, quienes desarrollaron formas composicionales distintas basadas en la espacialización narrativa y la fragmentación de voces.
El capítulo introduce el concepto de «neobarroco» a partir de Irlemar Chiampi para caracterizar la reapropiación del barroco en la literatura latinoamericana del posboom. Esta categoría resulta fundamental para comprender como los autores analizados evalúan la modernidad como un «proceso disonante» que informa su estética como «trabajo arqueológico» que alegoriza la disonancia de la modernidad latinoamericana.
El capítulo segundo constituye el núcleo analítico del ensayo. Aquí López Noriega examina cómo en Chambacú, corral de negros y La ceiba de la memoria se concretan formas composicionales que transcodifican marcas discursivas en las construcciones de personajes y en la configuración espaciotemporal de los territorios ficcionales.
En el análisis de Zapata Olivella, el autor identifica el mecanismo de «transcodificación» como proceso mediante el cual un código en su materialización toma fragmentos de otro código para establecer un «contrapunto» en su construcción. Esto se manifiesta en las relaciones entre la lengua oficial y la no oficial, y en la territorialización de un lugar marginal de fundación histórica por parte de la comunidad negra.

En el caso de Burgos Cantor, el análisis se centra en el problema de la escritura de la memoria sobre la esclavitud a partir de archivos históricos fragmentados. La figura del cuerpo como archivo —deteriorado, marcado por la violencia, convertido en testimonio— articula toda la novela.

El tercer capítulo analiza las novelas de Germán Espinosa a través del mecanismo narrativo de construcción y deconstrucción de los símbolos del «discreto» y el «vulgar» que figuran en las representaciones ideológicas vinculadas a los territorios del Caribe colombiano.
En Los cortejos del diablo, el cambio permanente en los puntos de enunciación (yo/tú/él) socava y deteriora la imagen de personajes históricos como Juan de Manozga, inquisidor del Santo Oficio. Este mecanismo de desenmascaramiento se aplica selectivamente: mientras los personajes masculinos de la institución eclesiástica son sometidos a burla y degradación, los personajes femeninos (Catalina de Alcantara, Rosaura García) son mitificados y construidos como símbolos de sabiduría y discreción.

En La tejedora de coronas, López Noriega identifica la maduración estética de Espinosa. La voz narrativa femenina de Genoveva Alcocer asume una enunciación que contiene tanto el conocimiento astronómico y matemático de la cultura occidental como la visión intuitiva propia de las mujeres de los nuevos territorios.
- Marco teórico.
- Una «tradición de resistencia».
- Explotación, trabajo y desposesión.
- Fortalezas, límites y perspectivas de clase.
Marco teórico
El sustento teórico del ensayo se fundamenta principalmente en la sociología de la literatura de Pierre Bourdieu, específicamente en los conceptos de «campo de producción cultural», «habitus«, «capital simbólico» y «tomas de posición». El autor utiliza estos instrumentos analíticos para examinar como los escritores del Caribe colombiano han negociado su entrada en el campo literario y como han desarrollado estrategias estéticas alternativas frente a la hegemonía del realismo mágico garciamarquiano. Complementariamente, López Noriega incorpora conceptos de Gilles Deleuze y Felix Guattari (territorialización, desterritorialización, transcodificación), de Roberto González Echevarria (mito y archivo en la narrativa latinoamericana), y de teóricos poscoloniales como Homi Bhabha y Walter Mignolo. Esta diversidad teórica permite al autor construir un aparato crítico sólido para analizar las complejas dinámicas de poder que operan en el campo literario colombiano.
Una «tradición de resistencia»
La tesis central del ensayo postula la existencia de una «tradición de resistencia» en la narrativa colombiana posterior al boom latinoamericano. Esta tradición se caracterizaría por: (a) un distanciamiento crítico de la regla de escritura impuesta por García Márquez; (b) una evaluación alternativa de los espacios y tiempos de los territorios colombianos; (c) el desarrollo de formas composicionales que vehiculan una visión femenina en la construcción de personajes y arquitecturas narrativas; y (d) una puesta en marcha de tomas de posición opuestas a la norma canónica.
El autor identifica tres operaciones fundamentales en el marco de la sociología de la literatura: la reconstrucción de la historia de las expresiones culturales y las posiciones del campo literario; el análisis de los movimientos y estrategias de entrada en el campo; y la reconfiguración de los habitus de los ocupantes de estos espacios.
Explotación, trabajo y desposesión
Una dimensión que enriquece significativamente la lectura de López Noriega —y que el propio ensayo abre sin desarrollar sistemáticamente— es el análisis de clase que atraviesa las cinco novelas del corpus. Si bien el autor se centra en los aspectos formales y las dinámicas del campo literario, las obras estudiadas despliegan una crítica implacable de los mecanismos de explotación que han configurado la historia del Caribe colombiano desde la colonia hasta nuestros días. Leer estas novelas desde la perspectiva de clase permite visibilizar como la esclavitud, el trabajo forzado, la acumulación primitiva y sus formas contemporáneas de precariedad y desplazamiento constituyen el telón de fondo sobre el cual se construyen los universos ficcionales.
Esclavitud y acumulación primitiva en Burgos Cantor
La ceiba de la memoria representa quizá la novela mas explícita en su denuncia de los mecanismos de explotación colonial. Burgos Cantor reconstruye minuciosamente el circuito del tráfico negrero: la compra de esclavos en África, la travesía del Atlántico medio (con sus índices de mortalidad escalofriantes), la venta en los mercados de Cartagena y la posterior distribución a las minas de antimonio, las plantaciones de caña de azúcar y los obrajes de paño.

La novela revela que la esclavitud no fue un sistema de dominación simplemente político o racial, sino fundamentalmente económico: un modo de producción basado en la apropiación del trabajo ajeno sin compensación. Los personajes esclavizados —los que mueren en el trayecto, los que sobreviven para morir en las minas, los que intentan fugarse hacia los palenques— son víctimas de un sistema de acumulación primitiva que fundó la riqueza de las clases dominantes cartageneras. La continuidad entre aquel sistema y las formas contemporáneas de explotación laboral se insinúa en la propia estructura de la novela, que como señala López Noriega, borra límites espaciotemporales para sugerir que el horror no ha cesado.
«Los cuerpos, en su marcación de deterioro, siguen insertándose como discursos en el sistema descriptivo de esta obra.» (López Noriega, p. 61)
Marginalidad urbana y trabajo informal en Zapata Olivella
Si Burgos Cantor se ocupa de la explotación en el campo colonial, Zapata Olivella denuncia sus equivalentes en la ciudad contemporánea. Chambacú, corral de negros presenta un barrio marginado cuya economía se sustenta en el trabajo informal, la prostitución, el juego y el contrabando —actividades que no son elecciones libres sino respuestas adaptativas a la exclusión estructural del mercado laboral formal.
Los habitantes de Chambacú son trabajadores desplazados del campo, obreros sin empleo estable, mujeres racializadas relegadas al servicio doméstico o a la prostitución. La figura de la Cotena, prostituta que administra el bar y media entre los habitantes del barrio y las autoridades, encarna la complejidad de estas estrategias de supervivencia de clase. No es una víctima pasiva, pero tampoco una emprendedora neoliberal: es una mujer obligada a negociar con el sistema de explotación para garantizar la reproducción de su comunidad.

La amenaza constante de desalojo que pesa sobre Chambacú reproduce la lógica de la acumulación por desposesión que David Harvey identifica como característica del capitalismo contemporáneo. La tierra ocupada por los habitantes del barrio —físicamente marginal pero potencialmente valiosa para la expansión urbana— es objeto de codicia por parte de las élites económicas. La lucha por el territorio es, en últimas, una lucha de clase por la reproducción de la vida frente a la mercantilización del espacio.
Inquisición, poder económico y degradación de las élites en Espinosa
Las novelas históricas de Espinosa abordan la dimensión de clase desde un angulo diferente: la descomposición de las élites coloniales. En Los cortejos del diablo, el Santo Oficio de la Inquisición aparece no solo como una institución religiosa, sino como un aparato de poder económico que controla bienes, propiedades y herencias. Los personajes inquisidores —Juan de Manozga, Juan Calderón— son funcionarios de un sistema que utiliza la fe como instrumento de acumulación.
Sin embargo, lo más interesante es el mecanismo de degradación corporal que sufre la élite masculina: la gordura ridícula de Manozga, la corrupción moral de los funcionarios, la impotencia del poder institucional frente a la subversión popular. Este deterioro no es algo tan solo individual: simboliza la decadencia de una clase dominante colonial cuya legitimidad se desmorona. Frente a esta decadencia, las figuras femeninas —brujas, curanderas, mujeres del pueblo— encarnan formas alternativas de saber y de organización social que desafian la hegemonía de las élites.

En La tejedora de coronas, Genoveva Alcocer personifica esta inversión de valores de clase. Mujer de origen humilde pero poseedora de conocimientos astronómicos, matemáticos y botánicos, representa la inteligencia popular frente a la erudición institucionalizada de las academias coloniales. Su itinerario vital —de la orfandad a la independencia económica, de la exclusión a la construcción de redes de solidaridad femenina— sugiere una narrativa de ascenso de clase que, sin embargo, nunca imita los valores de las élites que desplaza.

Continuidades históricas: del trabajo esclavo a la precariedad contemporánea
Leer estas novelas conjuntamente revela una constelación de mecanismos de explotación que se transforman de forma persistente a lo largo de la historia colombiana. La esclavitud colonial se metamorfosea en trabajo asalariado precario; las minas de antimonio del siglo XVIII devienen las minas de carbón del César o las plantaciones de palma africana del siglo XXI; los palenques de cimarrones se convierten en los asentamientos informales de las periferias urbanas; el desalojo de Chambacú se reproduce en el desplazamiento forzado de comunidades campesinas e indígenas por parte de paramilitares al servicio de intereses económicos.
Esta continuidad no implica una identidad estructural entre el colonialismo y el capitalismo contemporáneo, pero sí evidencia la persistencia de formas de dominación de clase que se actualizan en cada época. Las novelas de nuestro corpus, cada una a su manera, participan de lo que el crítico uruguayo Ángel Rama denominó la «narrativa de la crítica social»: ficciones que no se contentan con representar el mundo sino que buscan intervenir en él, denunciando las estructuras de explotación que lo configuran.
Desde esta perspectiva, la «tradición de resistencia» identificada por López Noriega adquiere una dimensión política que trasciende la mera disputa estética: no es sólo una resistencia al canon literario, sino una resistencia a la invisibilización de las clases subalternas, a la naturalización de la desigualdad, al olvido de las historias de explotación que fundaron la nación colombiana.
Fortalezas, límites y perspectivas de clase
No obstante, el análisis hasta aquí desplegado adolecería de una esencial incompletud si no se subrayaran los numerosos aciertos que alberga el ensayo de López Noriega. Como ya se advirtiera en el marco teórico, el sólido sustento que presenta esta obra permite articulaciones conceptuales novedosas entre la sociología de la literatura, los estudios poscoloniales y la teoría narrativa. El autor logra establecer conexiones inéditas entre obras que tradicionalmente habían sido estudiadas de manera aislada, construyendo una «tradición de resistencia» que vincula a Zapata Olivella, Burgos Cantor y Espinosa. Cabe admitir, con todo, que el análisis obtendría un respiro explicativo mayor si no eludiera del todo la dimensión material y económica que recorre estas obras. Mientras que la sociología de Bourdieu privilegia las dinámicas simbólicas del campo literario, una aproximación marxista o materialista histórica podría complementarla examinando como las estructuras de clase —la propiedad de la tierra, el control del trabajo, la acumulación de capital— no solo conforman el contexto histórico de las novelas, sino que determinan las posibilidades mismas de producción y circulación literaria.
Por ejemplo, el hecho de que Zapata Olivella escribiera Chambacú desde la experiencia directa de la marginalidad racial y económica, mientras que Espinosa escribiera La tejedora de coronas desde una posición de mayor comodidad económica, no es irrelevante para comprender las diferencias estéticas entre ambos autores. Las condiciones materiales de producción literaria —acceso a editoriales, tiempo de escritura, redes de promoción— están estratificadas por clase, y esta estratificación incide en las posibilidades formales de cada obra.
Además, la centralidad otorgada a la figura de García Márquez como «objeto de resistencia» podría complementarse con el análisis de las condiciones económicas que permitieron su consagración internacional: el apoyo de editoriales españolas, el mercado editorial latinoamericano del boom, la traducción sistemática a múltiples idiomas. El éxito de García Márquez no fue solo una victoria estética, sino también económica, y las «tradiciones de resistencia» han debido negociar su existencia en un mercado literario profundamente desigual.
En fin, leer este ensayo —y releer las novelas que estudia— es descubrir que la literatura colombiana es más rica y más compleja de lo que los manuales reconocen. Pero es, sobre todo, un acto de justicia crítica hacia quienes, desde la periferia, construyeron obras que denuncian la explotación y reclaman otras formas de vivir. En tiempos de creciente desigualdad, de desplazamiento masivo y de precariedad laboral, estas voces son más necesarias que nunca.


Latinoamericanista, traductor y ensayista. E.S.O. y Form. Prof. De Grado Medio de L’Aquila, Avezzano, Rieti, Milano, provincia de Como-Universitá deglistudi del L’Aquila. Rovellasca, Lombardia Italia.


