Portada del libro trampa de humo del escritor Jorge Cuenca García
Trampa de humo, de Jorge Cuenca García

Trampa de humo: el susurro que nos convence de no cambiar

Autoengaño, dependencia y vida cotidiana en la novela de Jorge Cuenca García.

La neumóloga le dice que tiene los pulmones de una persona de veinte o treinta años mayor, y él escucha mientras mira el reloj que cuelga sobre su cabeza. Son las diez y cuarto. Entró en el hospital a las nueve menos cinco y desde entonces solo ha fumado dos cigarrillos; a esa hora, calcula, normalmente llevaría medio paquete. Con esa escena arranca Trampa de humo, la novela de Jorge Cuenca García, y en ella está casi todo lo que el libro va a explorar: un diagnóstico que no deja dudas, un hombre que lo entiende perfectamente y una cabeza que, mientras tanto, sigue pendiente de la próxima calada.

Lo primero que llama la atención es lo que la novela decide no hacer. Muchas historias sobre adicciones giran en torno a una revelación, el momento en que alguien descubre lo que no sabía. Aquí no hay nada que descubrir: el protagonista conoce de sobra lo que le pasa y lo que le espera. La pregunta que sostiene el libro es más incómoda, y también más universal: qué hace una persona con lo que sabe cuando todavía no está dispuesta a cambiar.

libro obra trampa de humo de Jorge Cuenca García

Una vida medida en cigarrillos

La respuesta empieza por el tiempo. El tabaco no aparece solo como un deseo constante, sino como una lógica que ha ido ordenando la vida entera del personaje: cuándo descansar, en qué gastar, qué comer, cómo pasar una jornada de trabajo en la que los minutos se cuentan hasta la siguiente pausa. Nada de eso se presenta como un drama. Son decisiones pequeñas, repetidas y aparentemente ordinarias, que solo cuando se suman dejan ver hasta qué punto una dependencia puede ocupar todo el espacio sin que quien la padece termine de reconocerlo.

La novela es especialmente eficaz cuando deja que esa lógica choque con la realidad material. Con los últimos billetes del mes, el protagonista compra un cartón de tabaco. Ya en casa, la nevera apenas ofrece un par de huevos, un limón reseco y unos plátanos ennegrecidos, mientras el cartón recién comprado espera sobre la mesa de la cocina. Él lo contempla con satisfacción y piensa: «Al menos, hay algo que no me falta». No hace falta que nadie explique la gravedad de su situación. Basta con poner esas dos cosas en la misma habitación.

Las excusas también forman parte de la rutina

Para sostener esa forma de vivir hacen falta explicaciones, y el protagonista las tiene para cada ocasión. Fuma porque está estresado, porque le ayuda a pensar, porque no es el momento de dejarlo. Las razones cambian según quién tenga delante: la médica, su pareja, su familia, sus compañeros de trabajo y, sobre todo, él mismo. Lo que no cambia es su función, que es siempre la misma: aplazar el momento en que una consecuencia concreta le obligue a revisar el conjunto.

La primera persona convierte esa maquinaria en una experiencia muy próxima. El lector no observa desde fuera a alguien que se engaña; escucha sus argumentos mientras se forman y conoce lo que piensa antes de saber lo que contará a los demás. Esa cercanía resulta a ratos incómoda, porque obliga a reconocer lo razonables que pueden sonar ciertas justificaciones cuando se oyen desde dentro. Las excusas más eficaces rara vez suenan absurdas para quien las necesita. Si lo hicieran, dejarían de funcionar.

Una presencia entre el humo

Sobre ese realismo cotidiano, Cuenca García coloca muy pronto un elemento de otra naturaleza. En la propia consulta, la voz de la doctora se aleja, el aire se espesa y el protagonista se encuentra en un espacio dominado por el humo, donde le aguarda una figura oscura: la Sombra. Su voz, aunque venga de fuera, parece resonar dentro de él. Y desde ese momento lo acompaña, susurrándole justo lo que necesita oír para no cambiar.

La figura pertenece a una tradición literaria con solera. En «William Wilson», Edgar Allan Poe imaginó a un hombre perseguido por otro idéntico a él, que nunca alzaba la voz por encima de un susurro y aparecía siempre para frustrar sus vicios. En Trampa de humo también hay un susurro, pero juega en el bando contrario: no frena al protagonista, lo retiene. Qué es exactamente esa presencia, y hasta dónde conviene tomarla de forma literal o simbólica, es algo que el lector debe ir decidiendo por sí mismo, y cualquier explicación anticipada le restaría buena parte de su efecto. Lo interesante es que lo extraordinario no sustituye a lo cotidiano. La Sombra puede aparecer en una pesadilla, pero la dependencia sigue estando también en el mechero del bolsillo, en el reloj que marca la siguiente pausa y en la comida que se aplaza.

portada del libro william wilson de edgar allan poe
William Wilson de Edgar Allan Poe.

No todo está igual de logrado. En algún pasaje la novela formula con más claridad de la necesaria lo que la escena ya había dejado ver, y algún personaje secundario está trazado con un pincel algo grueso. Pero en sus mejores momentos, que son muchos, confía en el lector y deja que un objeto, un gesto o una compra digan lo que ninguna reflexión diría mejor.

Una edición pensada como parte del relato

El libro organiza sus catorce capítulos en tres partes y cada uno se abre con una ilustración en blanco y negro a página completa, hecha de tinta, manchas, blancos amplios y figuras que parecen a punto de deshacerse. Las imágenes no anticipan lo que va a ocurrir; marcan el clima de cada capítulo e introducen una pausa antes de volver a la palabra. En una novela donde el humo, el aire y la dificultad para respirar están tan presentes, esa decisión se lee como parte del propio relato y no como un adorno. Es, además, una de esas novelas que dejan al terminar la sensación de haber recorrido algo más que una historia, y que invitan a volver sobre algunas de sus páginas con otros ojos.

El tabaquismo es el conflicto concreto de Trampa de humo, pero lo que la novela pone en juego va mucho más allá del cigarrillo. Posponer una decisión que sabemos necesaria, restar importancia a una consecuencia o encontrar la excepción que permita seguir como siempre son comportamientos que casi cualquier lector reconocerá en su propia vida. Por eso merece la pena darle una oportunidad: porque no se limita a contar cómo alguien intenta dejar de fumar, sino que permite asomarse desde dentro a una trampa que no necesita ocultar la salida. Le basta con que, mientras la estamos mirando, encontremos una buena razón para dejarla para mañana.